Punto de encuentro de Paciente Activo Paziente Bizia en el que compartimos, mostramos y aprendemos aquellas cosas que consideramos de interés.

Dolor crónico

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Iñaki Etxebarria

El otro día escuchaba a pacientes que sufrían enfermedades en las que el dolor era el síntoma principal. Hablaban pacientes que sufrían procesos como migrañas, dolor lumbar crónico, fibromialgia, etc. Relataban su vivencia del dolor, lo incapacitante que era o había sido en sus vidas cada vez que aparecía. Hablaban de situaciones en las que llegaban a sentirse anulados como personas al sentirse impotentes para hacer las mínimas tareas que todos hacemos en nuestro día a día. A todo ello, se sumaba la incomprensión que vivía cada uno de ellos por parte de su entorno social, laboral, familiar y por muchos profesionales de salud cuando contaban lo que estaban sufriendo. “Os puedo asegurar que cuando digo que me duele hasta el pelo, es cierto. Si alguien os lo dice alguna vez, creerle.” decía una mujer.

El dolor no es una enfermedad y sin embargo, marca la presencia de muchas enfermedades en nuestras vidas. De tal modo, pensamos que una enfermedad está mejor o peor controlada si el dolor que produce es mayor o menor. Curiosamente, el dolor marca mucho más la calidad de vida de las personas que lo padecen que otras enfermedades cuyos síntomas están menos presentes o son más tolerables y que, sin embargo, comprometen de manera más importante nuestro pronóstico vital.

El dolor tiene aspectos biológicos, psicológicos y sociales. El primero de ellos, aunque parezca sorprendente, no es el más importante en el dolor crónico. Los aspectos psicológicos y culturales parecen tener un importante papel. ¿Por qué? Algunas hipótesis, y se está investigando en ello, plantean que el dolor es también algo “aprendido” por nuestro cerebro. De ese modo, el dolor se desencadena y mantiene por multitud de estímulos que nuestro cerebro reconoce: situaciones determinadas que vivimos, estrés, viento sur, cansancio excesivo, recuerdos, etc….Todo este proceso se desarrollaría de manera inconsciente. Insisto en que se está investigando en ello pero es cierto también que algunos grupos de trabajo que tratan el dolor desde este enfoque  presentan resultados positivos.

Por todo ello, buscar un tratamiento adecuado para el dolor es una de las prioridades en el terreno de la medicina. Pero el dolor crónico supone la necesidad de tomar diariamente medicamentos que no están exentos de efectos secundarios  y que en bastantes ocasiones tampoco resultan tan eficaces como nos gustaría. En dolores de origen lumbar, por ejemplo, los tratamientos no farmacológicos son en ocasiones más efectivos.

¿Qué podemos hacer entonces desde nuestra perspectiva cuando tenemos un dolor crónico? Podemos aprender a convivir con él.  Seguir haciendo nuestras tareas habituales, sabiendo y sintiendo que está ahí, presente en aquella zona que nos duela, pero sin que ello suponga que centremos toda nuestra atención vital en él. Puede parecer una propuesta transgresora pero podemos plantearnos no ceder el terreno de nuestras vidas al dolor:  no negarlo, no combatirlo, simplemente dejarnos acompañar por él sin darle protagonismo alguno hasta que nuestro cerebro, lo “desaprenda”, lo deje de asociar, y lo deje ir. No es un camino fácil ni corto, pero  igual merece la pena recorrerlo, con el aliciente de que está en nuestra mano. Por lo menos, es un enfoque que conviene considerar durante unos minutos, y probar.

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