Errukiaren artea…/El arte de la compasión……

Errukia termino bat baino gehiago da. Hala ere, gaur haren esanahi emozionala nabarmendu nahi dut.

Errukia, enpatia bezala, eguneroko argotean sozializatu diren bi kontzeptu dira, eta, azkenean, beren esentzia galdu dute.

 Errukiaren artea besteen mina barneratzeko gai izatea da, min hori arintzeko asmoz, gure ni barruan barneratzeko aprobetxatuz, gure hazkunde pertsonalari lagunduko dion ekarpen gisa.

Gure gaur egungo errealitatean, pandemia-egoera oraindik hor egonik, gera gaitezen denok pentsatzera errukiberak ote garen. Egia esan, denok, herritarrek, osasun-arloko profesionalek errukitsuak gara?

Kalkutako Teresa amak esan zuen bezala, errukibera nagusienak:

 “Zenbait pertsona gure bizitzara datoz, ongintza gisa. Beste batzuk gure bizitzara datoz, lezio gisa”

La compasión es un término cuyas acepciones son varias si nos remitimos al diccionario de la lengua española; una de ellas dice así: sentimiento de pena, ternura y de identificación ante los males de alguien. Son muchos los que le otorgan un carácter meramente bíblico o religioso. Sin embargo, hoy quiero destacar su significado emocional. Y es que la compasión es ante todo una emoción.

Ser compasivo es ni más ni menos que tratar de conectar y comprender el sufrimiento ajeno. Y hacerlo de una forma emocional, intentado de alguna manera paliar el dolor del otro. En ocasiones, se tiende a confundir el término compasión con la empatía. Y no es lo mismo. La empatía es esa capacidad de entender las emociones, las sensaciones del otro, su mundo interior, como si fuera el nuestro y además intentando transmitirle al otro que le comprendemos.

La compasión, al igual que la empatía, son dos conceptos que se han socializado tanto en el argot diario, que han terminado perdiendo su esencia. Personalmente me gusta pensar que son valores fundamentales en una relación que puede ser de muchos tipos:

familiar, de amistad, social, y terapéutica. Y es en esta última en la que me gustaría hacer un poco más de hincapié.

Los profesionales de la salud deben ser compasivos por antonomasia, y practicar con sus pacientes y usuarios una relación de empatía terapéutica cuando la situación así lo requiera. Esto es algo que parece debiéramos darlo por añadidura, pero no siempre es así. Es una obviedad, que todos aquellos profesionales que trabajan con personas frágiles, enfermas, que están pasando un proceso de dolor, sufrimiento, un final de vida o un duelo deben mostrar una actitud compasiva, pero ¿realmente sabemos cómo hacerlo? Porque ser compasivo no es compadecerse del otro ni sentir pena por él. Se trata de una emoción que va mucho más allá de eso. Cuando se siente pena por esa otra persona que nos traslada su dolor físico o emocional, su pena, sus sentimientos de tristeza, no estamos siendo compasivos sino intentando huir del sentimiento desagradable que produce en nosotros, y que lejos de saber manejar evitamos con conductas de huida y comentarios desafortunados en algunos casos, llegando a sentir alivio propio por no encontrarnos en su situación. Quizá todos debamos hacer un ejercicio de autocrítica y de autorreflexión que nos lleve a pensar si estamos siendo compasivos, si nuestra atención es siempre lo más humanizadora posible. Porque la compasión es un arte que se aprende, se modela y se interioriza.

El arte de la compasión consiste en ser capaz de interiorizar el dolor ajeno con el objetivo de paliarlo, aprovechándolo para interiorizarlo en nuestro yo como un aporte que contribuya a nuestro crecimiento personal. Cuando somos compasivos de una forma natural obtenemos múltiples beneficios personales: somos más empáticos, humildes, solidarios, además de desarrollar una cultura de sentimientos positivos que nos acompañarán en nuestro día a día.

Tal y como relata José Carlos Bermejo en su libro “Empatía terapéutica”, el encuentro compasivo humanizador es la suma de tres elementos: la gratuidad, la proximidad del tocar y del ser, y la hondura de entrar a compartir la herida más profunda de la otra persona.

En nuestra realidad actual, coleteando aún la situación de pandemia parémonos todos a pensar si somos compasivos. ¿Realmente todos, ciudadanos, profesionales de la salud somos compasivos? No hay nada más gratificante que la satisfacción del acompañamiento, sostener y comprender, escuchar no con las orejas sino con nuestros oídos y sentidos…. Solo desde esa actitud comenzaremos a poder hablar de compasión con mayúsculas. Debemos vencer y trabajar nuestros miedos interiores, esos que nos llevan a huir ante el dolor del otro; sin saber que a través de ese camino de la compasión podemos llegar a ser mucho más auténticos y mucho más felices.

Como decía la Madre Teresa de Calcuta, compasiva por antonomasia:

“Algunas personas vienen a nuestra vida como bendiciones. Algunas vienen a nuestra vida como lecciones”.

                                                                                                                      Izaskun Antunez

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