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No lo dudes, pide ayuda.

                                                                   Lourdes Ochoa de Retana

El día 17 de enero falleció mi padre, en solo 10 días su vida se apagó. Apenas tuvimos tiempo para asimilar que se iba, que nos dejaba, que nunca más le volveríamos a ver.

Es muy doloroso enfrentarse a una pérdida y adaptarse a la situación en la que el ser querido ya no está. De golpe y porrazo parece que toda tu vida se desmorona.

La intensidad de cómo vivimos el sentimiento de dolor depende de nuestra personalidad, del lazo que nos unía con la persona fallecida y de las circunstancias que rodearon la pérdida.

El duelo es un proceso dinámico que evoluciona poco a poco con el paso del tiempo. Una reacción emocional y natural ante una experiencia dolorosa. Una experiencia llena de sentimientos, llena de dolor, pena, tristeza, aflicción, culpa, resentimiento etc.

Nos cuesta mucho aceptar la pérdida y aceptar además que el ser querido ya no volverá. Resulta de gran ayuda recordarle, hablar sobre ella, comentar anécdotas, momentos vividos juntos, sus defectos y sus virtudes etc.

La muerte de un padre te deja un enorme vacío. Es uno de los retos más difíciles ante los cuales nos pone la vida.

Dicen que el tiempo todo lo cura, pero lo que el tiempo cura es el profundo dolor, porque la nostalgia que provoca la ausencia, esa nostalgia, va y viene.

En la primera etapa del duelo negamos la pérdida. No nos creemos lo que ha sucedido. Nos sentimos profundamente tristes, lloramos y lloramos y no somos conscientes de lo sucedido.

En la segunda etapa comenzamos a ser conscientes de la pérdida. No tenemos interés por las cosas y aparece la angustia y la rabia. Esta fase es difícil y tenemos sentimientos contradictorios. Hay veces que estamos alegres por algo y al minuto nos recriminamos por ello. Aparecen sentimientos de culpabilidad, pensamos que de alguna manera pudimos evitar su muerte o podíamos haber actuado de otra manera en algún momento.

En la última fase, volvemos a encontrar un sentido a nuestra vida.  Ya no recordamos al ser querido con tristeza sino con cariño y nostalgia.

Negar el dolor y ocultarlo puede provocar mayor dolor y sufrimiento. Es bueno pensar que aunque nuestro ser querido ya no esté, el vínculo que teníamos con él siempre permanecerá.

Se podría decir que el duelo para cada persona es único y diferente y desde luego para mí lo ha sido.

Han sido meses muy duros pero no he estado sola en este largo proceso, he tenido compañía, un gran apoyo, una gran ayuda, un bastón al que con fuerza me he agarrado en muchas ocasiones. Y doy las gracias por ello.

Es muy importante no aislarse en esas circunstancias, no escondernos bajo el caparazón de la tristeza que en esos momentos nos invade, y que expresemos y compartamos nuestros sentimientos.

Necesitar ayuda y pedirla no es un signo de debilidad, todo lo contrario, es un signo de fuerza y afrontamiento. Pedir ayuda también significa ser activo.

Lo que sí es importante es saber dónde dirigirnos.

Quizás solo tengamos que mirar a nuestro alrededor, podemos encontrarla en nuestro entorno más cercano, puede ser un compañero de trabajo, un vecino, un amigo, un familiar, un profesional de la salud…

Si somos proactivos en la búsqueda de ayuda, en la búsqueda de recursos, podemos convertirnos también en fuente de información  y ayuda para otras personas.

Yo he tenido esa ayuda, y a ti, desde aquí, quiero darte las gracias.

¡Pedir ayuda también es ser activo!

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