Mirotzaren alegia. La fabula del aguilucho

Gaurkoan, mirotzaren alegia irakurri ondoren, hausnarketa txiki bat egitea gustatuko litzaidake.

Gaixorik dagoen mirotza, baserritarraren laguntzaz bizi eta sendatzen da, baina baserritarrak ez dio laguntzen bere boterea eta indarra garatzen. 

Naturalista azaltzen denean, mirotzaren gaitasunak bultzatzen ditu.

Pertsonetan, gauza berdina gertatzen da. Askotan, besteari laguntza eskeintzen diogunean, baserritarraren jarrera hartzen dugu, jarrera babeslea, baina besteei beraien benetako gaitasunak ikustera bultzatu behar diegu eta ez diegu utzi behar errezenari egokitzen. 

Hoy te invito a leer esta bonita fabula,

Un granjero mientras caminaba por el bosque encontró un aguilucho malherido. Se lo llevó a su casa, lo curó y lo llevó a su corral, donde pronto aprendió a comer y a comportarse como los pollos.

 Un día, un naturalista que paseaba por allí preguntó al granjero: ¿Por qué éste águila, rey de aves, permanece encerrado en el corral con los pollos?

 El granjero respondió: Me lo encontré malherido en el bosque, y como le he dado la misma comida que a los pollos, y le he enseñado a ser como un pollo, no ha aprendido a volar. Se comporta como los pollos y ya no es un águila.

 El naturalista dijo: El tuyo me parece un bello gesto, le has recogido, curado y cuidado. Le has dado la oportunidad de sobrevivir, le has proporcionado compañía y el calor de los pollos de tu corral. Sin embargo, tiene corazón de águila y con toda seguridad, se le puede enseñar a volar. ¿Qué te parece si le ponemos en situación de hacerlo?

 No entiendo lo que me dices. Si hubiera querido volar, lo hubiese hecho. Yo no se lo he impedido.

 Es verdad, tú no se lo has impedido. Pero como tú muy bien decías, al haberle enseñado a comportarse como los pollos, ya no vuela. ¿Y si le enseñamos a volar como las águilas?

 ¿Por qué insistes tanto? Mira, se comporta como los pollos, ya no es un águila, qué le vamos a hacer. Hay cosas que no se pueden cambiar.

 Tengo la impresión de que te fijas demasiado en sus dificultades para volar. ¿Qué te parece si nos fijamos ahora en su corazón de águila y en sus posibilidades de volar?

 Tengo mis dudas, porque ¿qué es lo que cambia si en lugar de pensar en las dificultades, pensamos en las posibilidades?

 Si pensamos en las dificultades es más probable que nos conformemos con su comportamiento actual. Pero, ¿no crees que, si pensamos en las posibilidades de volar, esto nos invita a darle oportunidades y a probar si esas posibilidades se hacen efectivas?

 Es posible. ¿Qué te parece si probamos? Probemos.

 Animado, al día siguiente, el naturalista sacó al aguilucho del corral, lo cogió suavemente en sus brazos y lo llevó hasta una loma cercana. Le dijo: Tú perteneces al cielo, no a la tierra. Abre tus alas y vuela. Puedes hacerlo.

 Estas palabras no convencieron al aguilucho. Estaba confuso, y al ver desde la loma a los pollos comiendo, se fue dando saltos a reunirse con ellos. Creyó que había perdido su capacidad de volar, y tuvo miedo.

 Sin desanimarse, al día siguiente, el naturalista llevó al aguilucho al tejado de la granja y le animó diciendo: Eres un águila. Abre tus alas y vuela. Puedes hacerlo.

 El aguilucho tuvo miedo, de nuevo, de sí mismo y de todo lo que le rodeaba. Nunca lo había contemplado desde aquella altura. Temblando, miró al naturalista y saltó, una vez más, hacia el corral.

 Muy temprano, al día siguiente, el naturalista llevó al aguilucho a una elevada montaña. Una vez allí le animó diciendo: Eres un águila, abre las alas y vuela.

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 El aguilucho miró fijamente los ojos del naturalista. Éste, impresionado por aquella mirada, le dijo en voz baja y suavemente: No me sorprende que tengas miedo. Es normal que lo tengas. Pero ya verás cómo vale la pena intentarlo. Podrás recorrer distancias enormes, jugar con el viento y conocer otros corazones de águila. Además, estos días pasados, pudiste comprobar qué fuerza tenían tus alas cuando saltabas.

 El aguilucho miró alrededor, abajo hacia el corral, y arriba hacia el cielo. Entonces, el naturalista lo levantó hacia el sol y lo acarició suavemente. El aguilucho abrió lentamente las alas, y finalmente, con un grito triunfante, voló alejándose en el cielo. Había recuperado por fin sus posibilidades.

El aguilucho encuentra un entorno donde poder curarse y sobrevivir, pero el granjero no ayuda a que descubra y desarrolle su potencial, no facilita y motiva para que ejercite y desarrolle sus fortalezas, capacidades y competencias innatas. Se conforma viéndolo vivir como un pollo.

Pero por suerte aparece el naturalista, un hombre capaz de valorar e impulsar las capacidades del aguilucho. Una persona que consigue hacerle ver quién es realmente y cuáles son sus verdaderas competencias y capacidades. Una persona que le da ese empujón que necesita para expandir sus alas.

Cuando prestamos ayuda al otro tendemos muchas veces a adoptar la actitud del granjero, una actitud protectora, paternalista y de dependencia.

Ayudar significa acompañar a liberar el águila interior de cada persona.

Si alguien cree en tus capacidades te ayudará a creer en ti mismo.

“No permitas acomodarte en la dependencia renunciando a tu propia identidad”

Lourdes Ochoa de Retana

Bakarrik bidaiatzen ez duzunean. Cuando no viajas sola

Gabonak heltzear daude. Batzuentzat egun alaiak eta besteentzat lehenbailehen pasa nahi diren egunak. Aurreko urtekoak baino hobeak izango direla pentsatzen dut.

Se acercan las Navidades. Esas fechas que para algunos son motivo de alegría mientras  que para otros significan el deseo de que los días pasen rápido. Las mías, seguro que serán mejores que las últimas cuando, dos días antes de Nochebuena, sí,  el día de la lotería, me dijeron que tendría que vivir contigo toda la vida. “¿Para siempre, todos los días, cada día?”- pregunté. La respuesta fue afirmativa. “¡Vaya lotería la mía!”- pensé.

Nire bizitzako bidai-laguna nire albotik joan eta 6 hilabetetara beste zerbaitekin elkar bizi beharko nuela esan zidaten.

Baikorra izango nintzela hitzeman nuen, baina ez zen erraza izan, oso bakarrik sentitzen bainitzen.

Solo habían pasado seis meses desde que mi compañero de viaje, con el que sí que hubiera querido pasar el resto de mi vida, había partido de mi lado. Antes de irse me hizo prometerle que seguiría adelante optimista, alegre y disfrutando de la vida, de nuestros hijos y de nuestro recién estrenado nieto. Lo intentaba día a día. Cada mañana me levantaba con el firme propósito de cumplir mi promesa, mas los recuerdos brotaban de mi corazón en forma de lágrimas que enseguida me ocupaba de intentar disimular. Me sentía muy sola, pero no eras tú la compañía que necesitaba. Sigue leyendo

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