COMENZANDO UN NUEVO TALLER

Miércoles 29 de abril de 2015. Hoy comenzamos un nuevo taller en el programa Paciente Activo. Expectación, inquietud, e incluso ese puntito de miedo escénico que me parece tan necesario como bueno. A lo habitual se une esta vez que estrenamos manual nuevo: “Cuidando mi Diabetes”.

Llego al centro de salud que nos va albergar las próximas 7 semanas de 16:30 a 19:00 con un rato de antelación. Encuentro con una de las responsables del programa que nos pone al día sobre novedades del taller, del grupo y del programa: un poquito de cotilleo siempre ayuda en estos momentos previos.

Reencuentro con mi compañera monitora, con quien ya he compartido este taller anteriormente. Examinamos la sala, desplegamos sillas, caballete, rollo de papel, organizamos manuales, CD’s, etiquetas… el ritual habitual. Arrancamos el ordenador para poder proyectar desde él las láminas del curso. Esta vez las de papel no han llegado, así que echo de menos un signo inequívoco de que estoy en un programa de Osakidetza: el rollo de láminas atado con vendas (la primera vez que lo vi me dio un considerable mal rollito). Bueno, en cada sitio se recurre a lo que hay, ¿no? Seguro que las láminas estilo momia aparecen antes de finalizar el taller.

Se acerca la hora y los protagonistas van apareciendo. Esperamos a trece y llegan diez. Miradas entre temerosas y expectantes. “¿Lo de la diabetes es aquí, no?”. “Sí, sí, pasa, ¿cómo te llamas? Algunos se conocen del barrio, otros no. Saludos entre ello. “¿Tú por aquí? “Ah, sí, sí que sí que me dijiste que te habías apuntado”, “bueno, vamos a ver de qué va esto”.

Repartimos etiquetas en las que van apareciendo los nombres de los compañeros con los que intercambiaremos experiencias las próximas semanas, con y de los que vamos a aprender a seguir conviviendo con esta enfermedad que compartimos tomando nosotros las decisiones y el control de nuestra vida.

Y comenzamos: presentaciones rápidas y sencillas (va a haber tiempo para conocernos más a fondo). Exposición de lo que nos ofrece el taller y de los compromisos que nos pide y llegamos al primer intercambio de la verdad de cada uno: ¿qué es para mí la diabetes? Y se produce una de esas situaciones que te sitúan rápidamente entre iguales y que además te indica que la cosa empieza bien: más allá de que la diabetes es un problema relacionado con el páncreas y el azúcar en la sangre va surgiendo poco a poco lo que nos iguala en la diferencia: nuestra vida, nuestras costumbres y hábitos, incluso nuestra identidad que están marcadas por esta invitada no deseada que poco a poco se ha terminado instalando en nuestras vidas.

Las primeras dos horas y media pasan con rapidez. Las despedidas son cariñosas y lo que más se oye es “nos vemos el próximo miércoles”.

Miércoles 6 de mayo de 2015. Segunda sesión del taller. Ya controlamos mi compañera y yo el escenario, así que todo va rápido para poner la sala en condiciones. Vuelta a arrancar el ordenador para proyectar las láminas. La versión en “papel vendado” tampoco ha llegado. Me va a fastidiar acabar el taller sin ver esas vendas tan “marca de la casa”.

Cada día trae su afán y el de hoy es: ¿cuántos vendrán? Llegan ocho, y parece que seremos nueve. Bueno, no va mal. Buen ambiente, saludos, bromas, comentarios, dudas “a los profes” de si podemos comer esto o aquello, o que si esto me han dicho que… lo normal. Hoy toca hablar de alimentación, de estrés, de ejercicio y comenzar a hacer propósitos.

Llegamos a los propósitos un poco pillados de tiempo porque estos chicos participan mucho y aportan muchas cosas en las “lluvias de ideas”. Explicación sobre lo que supone hacerse un propósito y los criterios para plantearlo correctamente. Primer propósito a mi cuenta; y, poco a poco, cada uno va desgranando lo que se planta para la semana que viene. Algunos dudan, sobre “cuanto” o “con qué frecuencia”; pero parece que tienen claro el qué, y eso es lo importante.

Y nos vamos para casa, cada uno con un reto que pondremos en común dentro de siete días. Ahora ha empezado el taller de verdad para todos nosotros.

Juan Carlos Mendizabal

De amplificadores y ecualizadores

Llegó a la primera sesión con evidente escepticismo. No sabía muy bien lo que se iba a encontrar ni qué se esperaba de él. Después de 6 años de diabético empezaba a ser complicado mantener sus niveles de glucosa dentro de lo razonable, como lo era seguir pautas, no descuidarse. Un conocido le descubrió la existencia de estos cursos, se acercó a su ambulatorio y aquí estaba, convencido de que una vez más le iban a sermonear, a reprochar errores, a poner en tela de juicio su forma de hacer o de dejar de hacer.

Era a lo que se había acostumbrado tras convivir con un sinfín de agoreros, diabéticos como él, que le anunciaban tiempos peores y desastres inevitables, ¡¡el apocalipsis!! “Ya vendrá Paco con las rebajas”, “lo tuyo es una larga luna de miel que algún día acabará”, “avisado estás”… esperando esa oportunidad para decir “ya te lo había dicho”.

Menos mal que en casa el ambiente era otro. A pesar de las ausencias a horas intempestivas para correr un ratito, no había reproche. Y había reconocimiento por el evidente esfuerzo que conlleva evitar el picoteo, no comer esa magdalena que se ha quedado sola, no engullir esa paella que me está llamando… Pero fuera todo parecía deberse a la suerte.

¿Y con qué quedarse? ¿Con lo que vives en casa o con lo que te dicen quienes supuestamente saben? ¿De qué fiarse? ¿De lo que surge del cariño o de lo que nace de la, digamos, experiencia? Dudas, muchas dudas y mucha desconfianza también.

Pero ¡sorpresa! Apenas media sesión y ya se había relajado. Para empezar los monitores tenían el mismo problema que él y hablaban abiertamente de sus logros y sus fracasos, de sus miedos y de sus deseos. No había mejores ni peores. Todos a lo mismo y para lo mismo, y todos entusiasmados al compartir “sus intimidades” con quienes seguro que saben entenderlas.

El grupo de participantes funcionaba como un amplificador. A medida que pasaba el tiempo crecía el sonido, el intercambio de experiencias, las aportaciones, la franqueza. Y podía escuchar con nitidez cada mensaje, cada idea, en parte gracias al empeño de esos dos ecualizadores amateurs que con bastante éxito, dirigían el curso.

Aquel que entró desconfiado salió más seguro de sí mismo. Gente que sabía, al menos es lo que él consideraba, se había empeñado en reforzar aquello que hacía bien para enfrentar su realidad. Y comprendían sus errores, su esporádica dejadez, sus dificultades para sortear a la pereza y a la persistente y tenaz tentación.

Salió convencido de que estaba en el buen camino, en un buen lugar.

Jose Blanco