Octubre, el mes del #cáncer de #mama

Octubre es el mes del cáncer, de las movilizaciones, del color rosa. Un color que cuando lo miras te inspira ternura, vitalidad, feminidad pero también significa lucha. El color rosa se asocia inevitablemente al cáncer de mama. Cuando ves un lazo, una camiseta o pulsera de ese color, sabemos que son solidarias para y por el cáncer de mama. Gracias al color rosa las asociaciones y todas y cada una de las personas que cada día con su trabajo, sus gestos y actos solidarios están ahí, se puede recaudar fondos para la investigación y así ayudar a muchas personas, familias que conviven cada día con esta enfermedad.

Pero no todo el cáncer de mama es color rosa. Hay un tipo que no se suele operar, no se cura y del cual poco se habla, es poco visible y necesita urgentemente de investigación, es el cáncer de mama metastásico. Desde hace año y medio convivo con un bicho metastásico. Durante unos días fui un cáncer de mama de pronóstico bueno, del que si se opera, del que te meten mucha caña con quimio y del que sí te curas. Un cáncer que es visible, a la vez que impactante por esa caída de pelo. En pocos días todo eso cambió drásticamente. Ese color rosa se convirtió en un color de soledad, de desconocimiento, de miedo. Un color oscuro, feo, que sentencia. Un color que significa tener una supervivencia de cada día y tener que vivir con la muerte como compañera de viaje.

Para mí no hay un día del cáncer. Para mí lo son todos. Al igual que lo es para cada una de las personas que conviven con un bicho metastásico. Como también lo fue para todas aquellas estrellas que se han ido a brillar al cielo por no haber podido superar esta batalla. Para mí el día del cáncer es también el día de los investigadores, de los médicos, de las enfermeras. Es el día de todas esas personas que no se rinden  nunca a pesar de los fracasos, de las pérdidas, de tener que volver a empezar teniendo que invertir miles de horas en esos laboratorios y hospitales, haciendo suya la lucha contra el cáncer sin serlo. Gracias a su trabajo, su empeño, sus ganas de querer encontrar una cura, una cronicidad con calidad de vida, quienes tenemos un cáncer podemos tener esperanza.

Octubre es un mes para dar visibilidad, para sensibilizar, para dar luz, voz y concienciar, para dejar de sentir miedo, para vencer ese miedo y así no darle ese poder al bicho. Es un buen mes para adquirir un compromiso, para la autoexploración, para los controles médicos, para no dejar de ir al médico y conseguir esa detección temprana en un estadio bajo, lo cual significa automáticamente poder vivir, poder superarlo, poder curarte. A pesar de que hay veces en las que como en mi caso aun mirándome cada año mi diagnóstico fue el peor desde el principio, a pesar de eso, también en mi caso es importante pillarlo a tiempo para poder seguir viviendo porque se puede vivir con metástasis, no es nada fácil pero se puede vivir.

cáncer mama metastásico

Octubre es un mes para recordarnos lo importante y necesaria que es la investigación, es sinónimo de vida para todos los tipos de cánceres y enfermedades en general. Sin la investigación no podríamos seguir viviendo, yo no estaría viva. Es un mes que tiene más de un color. Es el mes del cáncer de mama pero también es el mes del  cáncer de mama metastásico el cual su lazo no es color rosa, es un lazo poli cromático ya que en cierto modo representamos a muchos tipos de cánceres. Las metástasis son viajeras y les gusta ir al hígado, a los huesos, al cerebro, al pulmón….. No nos acordemos del cáncer de mama solo en octubre. No nos olvidemos del metastásico. Hagamos que todo el año se hagan actos, se de visibilidad,  se invierta  y se investigue este tipo de cáncer y el cáncer en general. No demos de lado a unos y lo demos todo a otros. Hagamos de los 365 días del año el día del cáncer para que no se nos olvide y no se deje de investigar por qué un día te puede tocar a ti, un día puedes ser tú.

 

Hagamos que entre todos tengamos la oportunidad de poder luchar y poder ganar la batalla al cáncer para que podamos seguir viviendo.

 

                                                                                                                         Nagore Taboada

Dolor crónico

dolor-lumbar-cronico

Iñaki Etxebarria

El otro día escuchaba a pacientes que sufrían enfermedades en las que el dolor era el síntoma principal. Hablaban pacientes que sufrían procesos como migrañas, dolor lumbar crónico, fibromialgia, etc. Relataban su vivencia del dolor, lo incapacitante que era o había sido en sus vidas cada vez que aparecía. Hablaban de situaciones en las que llegaban a sentirse anulados como personas al sentirse impotentes para hacer las mínimas tareas que todos hacemos en nuestro día a día. A todo ello, se sumaba la incomprensión que vivía cada uno de ellos por parte de su entorno social, laboral, familiar y por muchos profesionales de salud cuando contaban lo que estaban sufriendo. “Os puedo asegurar que cuando digo que me duele hasta el pelo, es cierto. Si alguien os lo dice alguna vez, creerle.” decía una mujer.

El dolor no es una enfermedad y sin embargo, marca la presencia de muchas enfermedades en nuestras vidas. De tal modo, pensamos que una enfermedad está mejor o peor controlada si el dolor que produce es mayor o menor. Curiosamente, el dolor marca mucho más la calidad de vida de las personas que lo padecen que otras enfermedades cuyos síntomas están menos presentes o son más tolerables y que, sin embargo, comprometen de manera más importante nuestro pronóstico vital.

El dolor tiene aspectos biológicos, psicológicos y sociales. El primero de ellos, aunque parezca sorprendente, no es el más importante en el dolor crónico. Los aspectos psicológicos y culturales parecen tener un importante papel. ¿Por qué? Algunas hipótesis, y se está investigando en ello, plantean que el dolor es también algo “aprendido” por nuestro cerebro. De ese modo, el dolor se desencadena y mantiene por multitud de estímulos que nuestro cerebro reconoce: situaciones determinadas que vivimos, estrés, viento sur, cansancio excesivo, recuerdos, etc….Todo este proceso se desarrollaría de manera inconsciente. Insisto en que se está investigando en ello pero es cierto también que algunos grupos de trabajo que tratan el dolor desde este enfoque  presentan resultados positivos.

Por todo ello, buscar un tratamiento adecuado para el dolor es una de las prioridades en el terreno de la medicina. Pero el dolor crónico supone la necesidad de tomar diariamente medicamentos que no están exentos de efectos secundarios  y que en bastantes ocasiones tampoco resultan tan eficaces como nos gustaría. En dolores de origen lumbar, por ejemplo, los tratamientos no farmacológicos son en ocasiones más efectivos.

¿Qué podemos hacer entonces desde nuestra perspectiva cuando tenemos un dolor crónico? Podemos aprender a convivir con él.  Seguir haciendo nuestras tareas habituales, sabiendo y sintiendo que está ahí, presente en aquella zona que nos duela, pero sin que ello suponga que centremos toda nuestra atención vital en él. Puede parecer una propuesta transgresora pero podemos plantearnos no ceder el terreno de nuestras vidas al dolor:  no negarlo, no combatirlo, simplemente dejarnos acompañar por él sin darle protagonismo alguno hasta que nuestro cerebro, lo “desaprenda”, lo deje de asociar, y lo deje ir. No es un camino fácil ni corto, pero  igual merece la pena recorrerlo, con el aliciente de que está en nuestra mano. Por lo menos, es un enfoque que conviene considerar durante unos minutos, y probar.

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