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Cuidando al cuidador

Se acaba el año y como siempre este momento nos lleva a hacer balance de lo vivido.

De los propósitos realizados y los que se quedaron en la cola en espera de tiempos mejores.

Lo bueno y lo malo se han quedado por el camino y la esperanza es que el próximo año las cosas que nos sucedan sean mejores, todas estupendas…

Cuando somos niños o adolescentes creemos firmemente en que eso va a ser así. Nada malo, todo bueno.

Con el paso de los años empezamos  entender que la vida siempre nos va a ofrecer de lo uno y de lo otro. En diferentes medidas, eso sí, pero de las dos cosas. Y muchísimas intermedias que olvidamos porque no han conseguido impactarnos lo suficiente. Y eso es vivir.

Mi año ha sido así, de muchas alegrías y mucha felicidad y de mucho dolor por la falta de salud de quienes me rodean.

Como cuidadora que soy de personas mayores, enfermos crónicos, mi caballo de batalla este año ha sido el ESTRÉS.

Sabemos del cansancio que estas situaciones producen. ¿¿Sabemos??  No.  Lo imaginamos. Y la realidad siempre supera a la imaginación. El miedo, la sensación constante de que todo pende de un hilo fino que cualquier día se puede romper. La falta de tiempo, la prisa, la responsabilidad, el ahogo por no poder hacer más y mejor.

Todo ello nos lleva a vivir en una perpetua situación de tensión que puede acabar en que los enfermos seamos nosotros.

Así que con esta situación de base para mi vida, este año que finaliza, mi propósito fue pelear con el estrés.

Sabemos que vivir con los nervios a flor de piel no beneficia a nuestra salud.

Sube la tensión arterial, aumenta el ritmo cardiaco, hace que aumente el ritmo respiratorio y que sea más superficial, se tensan los músculos, eleva la glucosa en sangre.

Todo ello de forma inmediata, pero si se mantiene durante tiempo, la digestión se hace más difícil, podemos tener múltiples síntomas gastrointestinales. Opresión en el pecho. Dificultad para respirar. Mareos. Contracturas musculares y dolores óseos

Y  en el aspecto emocional provoca reacciones de intranquilidad, nerviosismo, rabia, falta de concentración, dificultad para encontrar la palabra precisa, lapsus de memoria, sensaciones de culpa, autorreproches, pensamientos recurrentes y sensación de desamparo y aislamiento.

¿Quién que haya sido o sea cuidador no se identifica con alguno o todos estos síntomas?

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Lo mejor para nosotros.

Así las cosas y sabiendo que lo que se hace sobre un aspecto interfiere sobre los otros, decidí mejorar mi vida y hacer lo posible por salir del caos que supone el estrés.

Decidí poner en marcha todo lo aprendido de las personas a las que ahora cuido.

Una buena alimentación.

De mi madre aprendí a hacer una buena dieta para mi familia. Muy equilibrada y rica en nutrientes. Este aspecto de mi vida nunca ha sido un problema. Inconscientemente repetimos la dieta que hemos llevado en nuestra familia de origen. De ahí la importancia de lo que ofrecemos para comer a nuestros hijos. Se tiende a repetir lo que nos han enseñado.

Ejercicio diario.

También mi madre y mi padre nos enseñaron que andar, andar, andar. Relaja, oxigena, libera.

De manera que mi decisión fue andar todos los días. Poco, si no podía ser mucho. Pero andar.

Aun me quedaba el caballo de batalla del dolor de espalda. Dolor que se producía a la menor situación de tensión. Para solucionarlo decidí acudir a clases de Pilates.  He de reconocer que es de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Salgo de clase con sensación de ir flotando.

Mis músculos se aligeran y mi espalda ha mejorado infinitamente. Con el añadido de la relajación al final de las clases.

Relacionarme más.

Esto lo aprendí de mi padre a quien cuido también y  que hoy sigue practicándolo a pesar de sus limitaciones, que son muchas. Y que según me dice entre risas su médico de cabecera, “morirá sano por la  voluntad que tiene de no perder nada”.

Mi decisión fue salir más con mis amigos, nunca decir que no a una propuesta. Salvo situación de verdadera emergencia. A veces me cuesta no mirar atrás por lo que dejo en casa.

He de reconocer que esto es lo que más me cuesta.

Me parecía que si yo no estaba se podía producir “un gran desastre”. Creo que los cuidadores me entenderán. Nos sentimos imprescindibles, nos sentimos atados. Y la realidad es que nos atamos nosotros más de lo necesario.

La relación con amigos relaja.

Una charla informal hace que en el aspecto emocional nos sintamos relajados e influye en la relajación física. Y mejora nuestra salud.

Buscar un momento al día para las cosas que me producen bienestar.

Conocí a una mujer muy mayor que había tenido nada menos que veintiún hijos. Un día hablando de la dureza de su vida me decía: al final del día cuando todo está tranquilo, me cojo tres caramelos. Me siento en mi silla y me los como. Uno tras otro. A nadie se le ocurre venir a molestar. Nadie se acerca o me pide nada. Es mi momento y han aprendido a respetarlo.

Yo procuro tener mi momento también. Leer o escuchar música justo antes de dormir. En ese momento en que solo hay paz a nuestro alrededor e irme a la cama con la sensación de que el día acaba bien.

Como decía Iñaki en un post anterior, la percepción que tenemos de nuestra salud es tan importante que nos hace vivir más tiempo, si es positiva.

Los cuidadores informales corremos el riesgo de percibir nuestra salud como mala y por lo tanto de enfermar. Y hoy somos muchos los cuidadores de enfermos crónicos. Y en el futuro seremos más porque la cronicidad es a lo que está abocada nuestra sociedad cada vez más envejecida.

Así que mi propósito para el año que viene seguirá siendo cuidarme y mantener los logros de este año…que ya es mucho.

Os deseo un Sano y Feliz 2017

Magdalena Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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